Precisamente porque la esperanza se transformó en mandato es que hoy estamos aquí, El diccionario de la lengua dice que, en el ámbito público, mandato es un contrato entre un mandante que ordena determinadas acciones políticas y un mandatario que se obliga a ejecutarlas a satisfacción de quien le hizo el encargo.

Es -sin duda alguna- un Contrato con mayúscula.

Es un Contrato entre el ciudadano elector y el ciudadano elegido, manifestado en el compromiso del sufragio.

Un Contrato que resume la expresión suprema de la democracia, pero que no es ni la primera, ni la última, ni la única de sus manifestaciones.

Recibir un mandato no implica más honor que el de cumplir leal y eficientemente con lo que se nos ordena.

Un pacto simple, concreto y taxativo que, más que suponer derecho alguno, implica un cúmulo de obligaciones explícitas e implícitas a las que debemos responder no sólo al final de nuestra encomienda, sino cada día.

La expresión primer mandatario no significa el que más manda, sino el primero que debe cumplir con el mandato.

No entrega privilegios, pero es un privilegio en sí mismo. Es el privilegio de tener la mayor responsabilidad, el privilegio de ser el más obligado, el privilegio de estar comprometido en grado sumo y de tener que pagar una deuda de confianza cotidianamente.

No creamos entonces que durante el transcurso del mandato, el ejercicio democrático de las personas se toma vacaciones, o que luego del voto sobrevienen cuatro años de ausencia de participación popular.

Más bien por el contrario: detrás de los venerables muros del edificio de la Gobernación nos está observando la gente real, de carne y hueso, que continúa vigilando nuestras acciones y marcando nuestro camino.

A ellos, nuestros mandantes, hemos de verlos a la cara el resto de nuestras vidas.

Y nos vamos a segurar de poder hacerlo siempre con la frente en alto.