Sería fácil caer en la tentación de decir que todo esto lo hizo un gobierno, que es resultado del cometido de un puñado de hombres inteligentes o de un líder esclarecido. Pero no fue así: lo hicimos todos los sanjuaninos.
Lo hizo doña Juana y don Pedro.
Lo hizo el puestero perdido en los montes, la maestra rural que deja los pies en los caminos de tierra y el alma frente al pizarrón.
Lo hizo el minero que brega con las nubes y las nieves eternas. Lo hicieron los profesionales, las amas de casa, los industriales y los operarios, los intelectuales, los artistas. Lo hicieron todos y cada uno de los que creyeron que era possible, y que lo convirtieron en posible.
Es mucho lo logrado, pero también es mucho el dolor, la injusticia y la carencia que ensombrece la realidad provincial.
Los argentinos hemos sido campeones mundiales de muchas cosas. Por ejemplo, de la soberbia. Y, por eso mismo, frecuentemente también hemos sido sus víctimas predilectas.
Durante largos períodos de nuestra historia nos solazamos autocalificándonos como más inteligentes, más capaces, más ricos o más cultos que los demás.
Y al mismo tiempo solíamos culpar de nuestros problemas a los demás, a los otros, a los de afuera.
Patrañas -en definitiva- que nos han venido como anillo al dedo para aducir culpabilidad ajena respecto de las desgracias propias.
Y los sanjuaninos, más de una vez, también caímos en el funesto disparate de excusarnos al amparo de la hostilidad del clima, la carencia de suelos cultivables, la falta de población, la lejanía, la geografía abrupta y, por supuesto, el terremoto de 1944.
Pero hoy sabemos que echándole la culpa a cualquiera menos a nuestras propias flaquezas, no aprendimos nada, no avanzamos nada, no solucionamos nada.
De hecho, finalmente comprendimos que creyéndonos mejores que el resto del mundo no vivíamos mejor que ahora, cuando la humildad nos ha permitido comprender el valor la sencillez y del trabajo.
La humildad consiste en obligarse a conocer las limitaciones y debilidades propias, y en obrar de acuerdo con este aprendizaje. Por eso no es fácil ser humilde.
El conjunto de la sociedad sanjuanina ha adherido a un proyecto que no sólo habla de cambios profundos y visibles, sino de la conquista de un protagonismo que antes nadie imaginaba para nuestra provincia.