José Luis Gioja:
El hombre, la obra, el proyecto.
5 pilares
Fundamentales sobre los cuales construimos nuestro proyecto
Visiones de estadista

Sobre la democracia
Con la democracia no se come, pero en democracia el que no come tiene el derecho a exigir el pan que se merece.

La nueva minería
La riqueza escondida bajo la tierra se transforma en oportunidades para los que viven sobre ella.
Sobre la democracia
Con la democracia no se come, pero en democracia el que no come tiene el derecho a exigir el pan que se merece.
Hacia fines de 2008, y a propósito de la crisis financiera internacional, el presidente de un país que hace siglos le habló al mundo de Libertad, Igualdad y Fraternidad, habló nuevamente en nombre de la democracia.
Pero esta vez Nicolás Sarkozy habló del miedo.
El miedo -dijo- es sufrimiento. El miedo impide emprender, el miedo impide implicarse. Cuando se tiene miedo, no se tienen sueños. Cuando se tiene miedo, uno no piensa en el futuro.
Pero no se conformó con alertarnos sobre el miedo, sino que nos presentó el único recurso para superarlo: el miedo -reflexionó Sarkozy- no se vence con mentiras sino diciendo la verdad.
Nosotros sabemos de eso.
Argentina tuvo muchos años de mentiras, muchos años de sufrimiento. Muchos años, demasiados años, de miedo.
Eternas y oscuras jornadas de escondernos los unos de los otros, huyendo y persiguiéndonos como jaurías salvajes. Tapándonos los ojos para no ver tanto horror. Tapándonos los oídos para no escuchar tanto llanto. Tapándonos la boca para no decir lo que inevitablemente justificaría que nos asesinaran.
Era el miedo soplando con su aliento agrio, en un país siempre nublado y frío, un país con el alma de invierno, en el que cualquiera podía despertar una mañana y terminar convertido en víctima al final del día.
Era el miedo apareciendo para que miles de argentinos desaparecieran.
Era el miedo que nos convertía en ciudadanos del desasosiego y nos mataba un poco cada día al someternos a un presente perpetuo, sin sueños, sin mañana, sin futuro.
Yo me hice hombre en los años de plomo. Y me hice hombre desde el miedo.
Fue en esos años que aprendí que el miedo tiene olor, que el miedo tiene garras, que el miedo es una amante siniestra y que una vez que tuviste tu primera cita no te suelta más, y vuelve cada vez que das vuelta la cabeza en la calle, cada vez que abrís la puerta de tu casa a la noche, cada vez que entrás a la pieza de tus chicos a hacerles una caricia antes de salir a trabajar.
Hace 25 años que los argentinos dejamos de vivir en la mentira, dejamos de tener miedo y empezamos, una vez más, a hablarnos con la verdad.
No siempre toda y no siempre entre todos, pero empezamos a hacerlo.
No siempre con toda la voz y todas las letras, pero empezamos a hacerlo.
No siempre enfrentando a pecho descubierto todas nuestras vergüenzas, pero empezamos a hacerlo.
Todos sabemos que han sido años en que no faltaron dificultades, penurias y desencuentros, pero en los que tarde o temprano la verdad aparece, porque la democracia está entre nosotros.
Así como yo sólo alcancé a comprender la extraordinaria grandeza de la libertad cuando me la arrebataron, los países que alguna vez han perdido los aguzados instrumentos de la democracia son más capaces de defenderla una vez que la han recuperado.
Dicen que con la democracia no se come, pero que en democracia el que no come tiene el derecho a protestar y exigir el pan que se merece.
Exigir el pan, la educación, la salud, la justicia, la vivienda, el trabajo, la solidaridad, el apoyo, el presente y el futuro.
Porque la democracia es el espacio de la exigencia. El espacio del yo quiero escuchado, atendido y respondido.
La democracia es el espacio donde el hombre común se hace extraordinario simplemente por ser, y por ser parte.
Es en democracia donde nadie es invisible, donde el que tiene culpa la paga, y el que tiene derecho lo ejerce. Donde cada individuo porta nombre y apellido, donde todos valen lo mismo y cada uno puede llegar tan lejos como sus capacidades le permitan.
¿Es una idealización? Por supuesto.
¿Es una utopía? Desde luego.
¿Es más una expresión de deseos que la realidad vivida estos 25 años en democracia? Sí y sí otra vez.
No hemos construído una democracia perfecta: la democracia la construyen los seres humanos, y los seres humanos somos imperfectos por definción.
Sin embargo, y pese a todo, la democracia no es la mejor forma de gobierno: es la única. El peor de los gobiernos democráticos es mejor que la mejor dictadura.
Hay mil razones para sustentarlo, pero ésta sola ya sería suficiente: únicamente en democracia sobrevive la majestuosa virtud del diálogo. El ser humano se distingue del resto de los seres vivos por ser la única especie capaz de nombrarse a sí misma y tener a su disposición el uso del lenguaje oral.
Los seres humanos hablamos.
Nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras expectativas y deseos tienen la posibilidad de ser expresados en esa secuencia lógica del habla. Podemos comprender y ser comprendidos.
Pero, para que hagamos uso del don que nos diferencia de los animales, se requiere de un espacio donde poder desplegarlo.
Es el espacio donde uno habla y el otro escucha. Y donde el que escucha después responde. Porque tiene el derecho a responder y sabe que nadie le va a impedir ejercitarlo.
Ese es el espacio de la democracia, el espacio del diálogo. Y por eso la democracia es la casa donde habitan las personas y no la guarida donde se esconden los animales.
Pienso que la rotunda supremacía de la democracia sobre el autoritarismo radica en que en el dialogo hay más energía, más lucidez y más virtud que en el monólogo, porque el diálogo impone al poderoso el ejercicio de aceptar al otro y reconocerlo como un par desde la diferencia.
Si alguien insiste en creer que hay más virilidad o determinación en la orden autoritaria que en el diálogo democrático, yo le digo aquí mismo que está equivocado: dialogar no es un ejercicio de debilidad o capitulación sino de fortalecimiento, porque al escuchar y aceptar yo me alimento del otro, me nutro y crezco.
Convencer siempre será más virtuoso que ordenar: en tanto que la orden apenas si requiere la mansedumbre del otro, el dialogo exije la inteligencia. Y ahí aparece el hombre.
Los argentinos aprendimos a valorar la democracia, pero el precio fue demasiado alto. Ojalá que nunca más esperemos a perder lo que tenemos para valorarlo: ayudémonos unos a otros a ejercer con más bríos que nunca esa calidad de seres soberanos que la democracia ampara e impulsa.
En este inmenso campo de convivencia ciudadana, juramentémonos para que el miedo jamás vuelva a vencernos.
Y para que con ello consigamos terminar con la exclusión y la intolerancia, con la aversión a lo distinto, con la aceptación de Argentina en blanco y negro, cuando juntos podemos construir una Argentina multicolor.
Es verdad que, como es un espacio infinito, en el futuro todos caben.
Pero sólo en un futuro en democracia vamos a lograr que nadie sobre, nadie esté de más y nadie pueda sentise ajeno.