Hacer conciencia fue la primera inyección de fe. Transformarla en esperanza fue la segunda.
Durante los últimos meses de 2003, la esperanza fue la fuerza interior que nos permitió terminar con las divisiones entre comprovincianos, con el divorcio entre la sociedad civil y las dirigencias institucionales, con las mezquindades politiqueras y el egoísmo sectario.
Es que estábamos hartos.
Todos estábamos hartos de presenciar ese ruin espectáculo de la patria diezmada, la ilusión quebrada, el futuro en sombras.
Por eso, cuando pronunciamos por primera vez la palabra esperanza, sentimos que ella tenía el extraordinario poder de reunir los deseos de todos los que estaban legítimamente hartos.
Jóvenes y ancianos, civiles y militares, hombres y mujeres de la ciudad y el campo, del desierto y la montaña.
La fuerza de la esperanza galvanizó las expectativas de todo un pueblo. Un pueblo que desde ese momento se negó a sucumbir frente a la adversidad, y se decidió a dar vuelta su propio destino.
¿Cómo lo hicimos? Empezando por el principio.
Eso implicó asumir e intentar convencer a quien se pusiera por delante de que San Juan no era una provincia pobre, sino una provincia que se había sentido pobre, que había vivido como pobre, que se había fijado objetivos pobres. Y que pasó muchos años pensando su futuro pobremente.
La esperanza se hizo carne cuando dijimos con todas sus letras que no hay peor pobreza que la de espíritu, y que esa había que enterrarla para siempre.
Así mandamos al destierro al San Juan del no se puede, y vimos nacer de una vez por todas el San Juan que prometimos durante nuestra campaña: el San Juan donde nadie sobra, nadie está de más y del cual nadie puede sentirse ajeno.