No es casual que sea el primer concepto. Alguna vez, no hace mucho tiempo, a los argentinos nos hicieron creer que quienes eran elegidos por el pueblo eran como elegidos de los dioses. Y que ni a uno ni a otros debían responder por sus acciones.
Esos elegidos no admitían responsabilidad, obligación ni compromiso, simplemente porque ostentaban el poder.
También quisieron hacernos creer que ese poder implicaba privilegios. Y que esos privilegios los hacía superiores, inimputables, indestructibles. Titulares de un peaje liberado para volver una y otra vez a ejercer impunemente sus prebendas.

Tiempos miserables para la democracia, para la gente, para las instituciones, para la patria.
Pero también, y gracias a Dios, tiempos muertos y enterrados.

Tiempos a los que no vamos a volver, porque junto con recuperar la economía, el trabajo, la educación, la salud, las ganas y la fe en nuestras propias fuerzas, los argentinos recuperamos algo que nos azuza, nos aguijonea y nos dispara hacia adelante: la certeza de saber qué nos pasó como país y haber aprendido de ello. Algo que llamamos Conciencia.

La misma que se despertó en nuestra generación cuando los más jóvenes, nuestros hijos, nos preguntaban cómo pudimos permitir que un puñado de malos dirigentes pusiese el país al borde de la hipoteca. Y para ellos, para los chicos que necesitaban saber, hoy tenemos una respuesta: los argentinos nos reencontramos con nuestra conciencia.

Y por conciencia, entre todos, pudimos.

Por conciencia nos levantamos, apretamos los dientes, volvimos a juntar fuerzas y fe. Por conciencia nos volvimos a mirar a los ojos y nos encontramos con quienes quisieran aportar. Y conversamos con todos, fueran quienes fueran, y pensaran como pensaran. Por conciencia depusimos rencores, limamos asperezas, tendimos y nos tendieron manos solidarias.

Fue, y sigue siendo, un despertar que nos llena de legítimo orgullo.

Porque fue un despertar limpio, decente, digno, necesario. Porque nos volvió más solidarios y menos soberbios, más luchadores y menos complacientes, más humildes y menos improvisadores.